Miguel Barragán: discreción en el poder
Jueves, 9 de Marzo de 2006
Alejandro Rosas / Historiador.
Se encontró con la silla presidencial de manera fortuita. Nadie esperaba que don Antonio López de Santa Anna se hastiara del poder y prefiriera retirarse a su hacienda de Manga de Clavo a pensar en glorias futuras bajo la fresca sombra de las palmeras. Antes de partir rumbo a su edén, Santa Anna logró que el Congreso designara presidente interino a don Miguel Barragán.
Hombre elegante, de modales refinados y amplia cultura, su gobierno fue fugaz --apenas un año y tres meses--, pero suficiente para mostrar su caridad cristiana y “hacer prácticos sus sentimientos humanitarios”. Al ocupar la presidencia, don Miguel gozaba de una excelente reputación ganada en los terrenos del patriotismo y en su lealtad a los principios republicanos.
Educado en la carrera de las armas había formado parte del ejército Trigarante pero a diferencia de muchos otros, no fue seducido por el imperio de Iturbide. Su sistemática oposición al oropel de la monarquía no le otorgó más alternativa que la prisión, y las cárceles de la Perpetua --en otros tiempos propiedad de la Inquisición-- fueron su residencia hasta el establecimiento de la República en 1824.
Testigo de la consumación de la independencia en septiembre de 1821, don Miguel repitió la escena desatando por completo y para siempre, el nudo colonial en 1825. Como gobernador y comandante de Veracruz, “fue el caudillo --escribió Manuel Rivera Cambas-- que puso la gloriosa bandera de la independencia mexicana en el último atrincheramiento del sistema colonial”: el fuerte de San Juan de Ulúa.
Envanecido por su patriótica hazaña, en 1827 secundó una fallida rebelión y tuvo que probar el amargo sabor del destierro. Sin embargo, los servicios prestados a la causa de la independencia fueron suficientes para recibir la amnistía de Vicente Guerrero y el nombramiento de comandante general de Jalisco en 1829.
Como presidente se le reconocía por sus maneras caballerosas y mostrada probidad en la administración pública. Coherente con su profunda religiosidad, era común observarlo otorgando de su bolsillo alguna ayuda a viudas, enfermos e inválidos, haciendo caridad y asistiendo a un sinnúmero de celebraciones religiosas. Durante su gobierno, la república dejó atrás el federalismo y transitó hacia el centralismo. Y fue el primero en tomar las providencias para hacer frente a la rebelión de los tejanos que luchaban por su independencia.
En marzo de 1836, don Miguel se encontraba atendiendo los asuntos de la guerra de Texas cuando una terrible enfermedad se apoderó de su persona. “Apenas se esparció la noticia sobre el riesgo que corría --escribió Rivera Cambas--, la multitud acudió a Palacio a informarse de su salud... y rogaban a Dios de corazón, prolongase la vida de un individuo que era amparo de los desvalidos”. Pero todo fue inútil, la terrible fiebre pútrida puso fin a su existencia.
Era la primera vez que un presidente mexicano moría en ejercicio de sus funciones. La sociedad estaba conmocionada. “El difunto Presidente vestía riguroso uniforme --escribió Guillermo Prieto--; a su semblante le había comunicado animación el artificio y parecía que sus ojos de esmalte imponían silencio y ordenaban recogimiento religioso a la concurrencia. Sus ayudantes, con sus espadas desnudas, le custodiaban como estatuas de sombrero de tres picos, charreteras y bota fuerte. Aquel era el primer espectáculo de su género que veía México independiente”.
Algo tendría de excéntrico don Miguel, que como última voluntad pidió que su cuerpo fuera dividido y conducido a los lugares donde había escrito la historia de su vida: “Fue distribuido su cadáver en varios lugares de la República, una parte quedó sepultada en la Catedral de México y los ojos en el Valle del Maíz, estado de San Luis Potosí donde nació, el corazón en Guadalajara, donde había sido comandante general; las entrañas en la colegiata de Guadalupe y en la capilla del señor de Santa Teresa, en testimonio de su devoción a estas imágenes y la lengua en San Juan de Ulúa, en recuerdo de haber tomado posesión de la fortaleza al rendirse los españoles en 1825”.
Para don Miguel y su familia, la “austeridad republicana” no era una frase retórica. Fue una forma de vida. Al morir, su hija tuvo que ganarse la vida estableciendo un modesto expendio de tabacos. La única herencia que le había dejado su padre era de orden moral: la honestidad.
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Última modificación:
Jueves, 9 de Marzo de 2006 a las 16:25 por Jesús Olguín Sánchez.