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Una posición frente a los “narco-corridos”

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El combate al crimen organizado no sólo se está dando con el despliegue de la fuerza pública, también hay una lucha cultural que debemos reconocer.

La letra de uno de los narco-corridos disponible hace unos días en la red presume orgulloso el uso de la violencia de las organizaciones criminales como un camino deseable. Habla de sus armas, del uso que les dan contra la población, de sus delitos. Sus palabras y ademanes emulan las de un sicario. El ritmo de la música es pegajoso y quienes aparecen en la imagen visten bien, parecería que se divierten, que tienen éxito y son un modelo a seguir.

Una vista casual y desinteresada haría quizás olvidar por un momento que cantan sobre crímenes indecibles, indignantes y repugnantes.  Que el ritmo al que bailan es el de la violencia que lastima a muchas familias en México, particularmente en estados como Sinaloa, Chihuahua, Tamaulipas y Nuevo León. Que la cultura que promueven estas canciones encumbra a los más perversos ejemplares de la violencia delincuencial, capaces de masacres inhumanas como las ocurridas en San Fernando.

Esa vista casual y desinteresada es la que no nos podemos permitir.

¿Debemos o no preocuparnos si nuestros jóvenes en Sinaloa cantan, bailan y se divierten al ritmo de esta música? ¿Acaso no merecen esos videos y canciones el repudio pleno de todos quienes aspiramos a un México de seguridad y justicia?

Además de los elementos jurídicos que explícitamente prohíben la apología del delito, quienes tienen posiciones de liderazgo y responsabilidad pública deben atender el problema de la criminalidad en todas sus aristas, incluso en las menos obvias.

Seguramente habrá quien opine que desde hace años se escucha este tipo de música en la región, pero hay que decir que también hace años que el narcotráfico tiene presencia en la zona y no por eso debemos considerarlo normal o tolerable, sino todo lo contrario.

Como lo he dicho en anteriores ocasiones, el combate al crimen organizado no sólo se está dando con el despliegue de la fuerza pública. También hay una lucha cultural que debemos reconocer para impedir que los homicidas, secuestradores, extorsionadores y traficantes de drogas se apropien de la música norteña impregnándola de letras que pretenden naturalizar y legitimar su actividad, que en todos los sentidos es criminal.

La violencia no sólo se genera a balazos, la incorporación de este tipo de canciones en lugares que han sido asoladas por los criminales, representan un intento por imbuir al tejido social de patrones de valores inadmisibles para nuestro país.

No es un tema de censura porque no es un tema de moral; es un asunto de legalidad y de poner un alto al crecimiento de la cultura de la indiferencia y de la violencia. No podemos permitir, como gobierno y sociedad, que los delincuentes invadan impunemente también las esferas culturales para normalizar sus crímenes, debilitar nuestros esquemas de valores y obstaculizar la construcción de una cultura de la legalidad que tanta falta nos hace para alcanzar la auténtica seguridad.

No debemos ser indiferentes a esos “narco-corridos”. Ya lo fuimos por demasiado tiempo.

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